Corría el año 1894 cuando Don Cipriano de la Vega, boticario granadino fascinado por la alquimia herbal de la Alpujarra y los vinos fortificados que llegaban del puerto, decidió que su rebotica en el Realejo sería algo más que un almacén de tinturas. Entre morteros de cobre y tarros de cristal esmerilado, comenzó a formular elixires aperitivos para los notables de la ciudad: vermuts de hierbas de montaña, cortezas amargas y vino generoso.
Ocultaba sus fórmulas —dicen las malas lenguas que envidiadas por media Granada— tras anaqueles repletos de conservas finas traídas de las costas del norte, con las que agasajaba a quienes sabían guardar un secreto y disfrutar de una buena mesa. La rebotica se convirtió en el rincón más discreto y codiciado de la hora del aperitivo.
Hoy rescatamos sus recetarios originales, restauramos sus anaqueles de nogal y reabrimos la antigua rebotica para rendir culto, de nuevo, a ese ritual: hielo macizo, botánicos de la sierra y la mejor lata del Cantábrico y las Rías Baixas, servidos a la sombra de la Alhambra.